sábado, 13 de octubre de 2012

Cada día

Todos los días, a cierta hora, cuando cierro los párpados veo tus ojos, que no me dejan respirar. Veo tu boca, que no me deja ver más allá y veo tus manos, que aún hoy, no me dejan andar.

Será, cara de cielo, que cada día, a cierta hora, muero un instante, porque no estás a mi lado.

Luego de esa breve muerte, pliego mis brazos, cambio mi rostro, rompo las puertas y muerdo el aire, con la rabia de los perros, que aúllan al cielo.



Entonces salgo de mí, para que esa breve muerte no me alcance, más que lo necesario; para que el río de tus ojos se vaya y pueda por fin respirar; para que tu boca inabarcable se cierre y pueda yo, por fin mirar y para que tus manos se cierren y pueda yo, en mi breve mundo, volver a andar.






Luis Alberto Spinetta, siempre.

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