martes, 18 de septiembre de 2012


LA METÁFORA DE ANTARES

Es muy tarde, casi de madrugada y, aunque me empeño, mi reloj inquieto, no me deja entrar al rincón donde todo sucede.
Me he levantado y he revisado a conciencia las partes de mi cuerpo, por si alguna no estuviese en su lugar. Abro-cierro los ojos; pienso-desando lo pensado, pero mi viejo tambor sigue en su lugar, alerta, elevado en su excitación por partir.
Cierro los párpados, pero no existe ninguna mujer atravesada entre ellos. Sorbo un halo de aire, pero tampoco en mi garganta existe mujer atravesada. Entonces, no puedo decirle, a nadie, que se vaya. ¿Qué haré pues?
Retomo el hilo violeta de mis pensamientos dulces, entrelazados, mientras ando por la casa, buscando causas o azares. Abro los cajones y en ellos, los heraldos de la memoria están por todas partes:
                Fotos antiguas, tarjetas desconocidas, trozos de papel, lápices, objetos, muchos objetos, incluso algunos, de dudosa utilidad. En estos años he acumulado tantos en mis cajones, que penas doy crédito a la sola idea de su pertenencia ¿Qué significan?
               Algunos susurran palabras necias y otros, los que están más al fondo, me oyen latir sobresaltado. Otros, brillan como Antares, gigante entre gigantes. Entonces, de repente, una nota de recuerdo: es hora de partir, Daniel. La sola idea eleva las pulsaciones de mi corazón ajado. Acaso, digo, deba ser yo quien ahora, tenga que construir, como Walt Grace, mi propio submarino con aspas de ventilador. Todo ello, porque cuando termine con “este mundo”, el siguiente, dependerá sólo de mi.
                No quiero, para este viaje, maletas cargadas, ni objetos que desconozca. Sobreviviré, me consta, gracias al constante latido de mi metrónomo privado, polvoriento, a quien, como el carma, deberé limpiar una y otra vez, durante los años que dure esta travesía. Me acompañarán Antares, gigante entre gigantes, su propia cuna, el universo y la certeza de, por fin llegar, abrir los párpados, respirar y volver a ver la luz, que tendrá todos los rostros de mi hogar: el que dejé, el que dejo, y el que me espera desde siempre, incluso antes de que Antares fuese una Supergigante Roja, a quinientos cincuenta años luz de este lugar.

Gracias a la astronomía, a los astrofísicos y a uno que otro poeta que, como John Mayer, me han dejado, sin saberlo, algunas bellas metáforas de estas letras.

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