viernes, 27 de marzo de 2015

TENDIDO tu rostro, sobre una piedra que el mar no deja respirar, puedo verlo entre la espuma y el sol de los perdidos. Una y otra vez, el choque brutal de las olas, arruga tu ceño, tu frontal, porque es hoy cuando te veo, y ya no es, como cuando antes te veía. Pasaron tantos mares, tanta sed y orfandad, que todos, o casi todos, fuimos olvidando cómo eras, cómo andabas o reías, piel de nubes. No obstante, la hendidura en el pecho de todos los presentes se hizo océano, objeto universal donde se guardan todos estos restos, todos estos años, que sin flor, devolvieron a la luz tu rostro, como cuando antes te veía, hermano mío. En memoria de mi Hermano, Hernán Gonzalez.

TENDIDO tu rostro,
sobre una piedra que el mar
no deja respirar,
puedo verlo entre la espuma
y el sol de los perdidos.


Una y otra vez, el choque brutal
de las olas arruga tu ceño, tu frontal,
porque es hoy cuando te veo, 
y ya no es, como cuando antes te veía.


Pasaron tantos mares,
tanta sed y orfandad,
que todos, o casi todos, 
fuimos olvidando cómo eras,
cómo andabas o reías,
piel de nubes.


No obstante,
la hendidura en el pecho
de todos los presentes se hizo océano,
objeto universal
donde se guardan todos estos restos,
todos estos años, que sin flor,
devolvieron a la luz tu rostro,
como cuando antes te veía,
hermano mío.





En memoria de mi Hermano, Hernán Gonzalez.




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