martes, 1 de abril de 2014

CUERPO DE DOS

CUERPO DE DOS
Ella estuvo condenada a enamorarse una y otra vez del mismo hombre. De los mismos ojos, de los mismos labios, de la misma voz, que desde el brocal del pozo le decía: te amaré siempre. 
Pero siempre era mucho espacio a recorrer, cargando tantas incertidumbres y tristezas. Él lo sabía y ella, también. No obstante, al abrir los ojos, había vuelto a reencontrar los sueños venideros, y de sus pestañas brotaban caricias del hombre que por las noches se tendía a su lado, sin despertarla, hasta el amanecer. Mientras dormía le hablaba al oído nombrándole todas las verdades, las luces y las sombras de su alma. Ella soñaba, mientras él le acariciaba el pelo, envolviendo su desnudez con aliento oceánico. Le hablaba de lugares extraños que ella traería a este lado, para que brotasen como semillas que germinan en un frasco de cristal. Desconocía la procedencia de cada semilla, pero se estremecía al ver cada tallo, cada raíz visible y los primeros brotes de hojas, íncubos del amor que él le relataba. Con el paso del tiempo las semillas fueron cientos, miles y de a poco poblaron todos los rincones de su casa.
Un día él dejó de abrazarla, de hablarle al oído y de acariciar su pelo. Entonces ella dejó de soñar, por lo que no hubo más semillas que germinasen en su hogar. Cada mañana buscaba en sus pestañas, en su rostro vacío. Olía su cuerpo para recordar aquel perfume tan amado, pero todo, de repente, había desaparecido. Entonces no tuvo dudas: sin palabras, sin sueños, sin abrazo, sin amor, sólo quedaba el brocal yermo. Se acercó lentamente, con el convencimiento de que aquella mañana sería la última. Lo llamó una vez por su nombre, pero no hubo respuesta, salvo el eco de su cuerpo.


 

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