jueves, 30 de mayo de 2013

VUELVO AL SUR

HÁBIL el amanecer revierte las sombras,
retardando la inminencia
del verano corpóreo, de boca roja.
Entonces, la noche fluye en su estertor, 
antes de marcharse, calle arriba, 
bordeando el perfil de los lapachos amarillos.

Por esa senda de flores estridentes,
un hombre camina sin rumbo, 
añorando el instante que le espera, 
allá, a lo lejos. 
Sabe que todo estará, o será,

a pesar de los estragos del tiempo,
que arremete con furia y bravura
dejando señales, por todas partes.

A veces, el hombre llora a solas,
en silencio, 
conteniendo el puño cerrado de la ira,
abismándose en el cuerpo de un tango,
que gime
desde la mesa de un café sombrío.

Una mujer de rostro gris
gira en el aire su mirada calcinante,
el contorno de su labio perpetuo
y le habla al oído, 
de un tiempo venidero, posiblemente mejor.

Ahora ellos, el hombre de la ira
y la mujer crepuscular,
bailan con ansia al compás de la música,
bordeando las fronteras conocidas,
acaso previsibles.
Ahora, ellos se con-funden, 
en ese otro circular que nos contiene
y nos acerca al oído los versos esperados,
las plegarias perdidas, caidas de los bolsillos;
palabras, miles de palabras de ojos tristes
y zapatos raídos.
 

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