sábado, 23 de febrero de 2013

LA SOLEDAD

Me he esquivado tantas veces. Tantas. He mentido, he sido infiel, despiadado, distraído.
Tanta vida sin aliento que conmueva. Tantos abrazos si espera, hastiados de la no creencia.
Siempre quise creer en algo, en la existencia divina de un dios universal, porque de alguna forma, me redimiría de mis actos reprochables. Del desamor, del egoísmo, de la ansiedad que me ha quitado momentos tan bellos. Juro, perjuro que no elegí ser así, y a estas alturas no creo que importe demasiado. He logrado, a pesar de estas cuestas tan abruptas, llegar a mi nido cálido, a los besos ansiados, al amor sin corresponder y a la sangre de mi sangre. Tuve un patio con baldosas de pizarra negra, con arboles que eran el hogar de los pájaros, por las tardes.
No había quetupíes, como en el tuyo, pero sí otros que trinaban el júbilo de ser libres.
A veces, por las tardes, me sentaba a tu lado a mirar la enamorada del muro, el limonero pequeño y alguna vez, sentí que si existía la felicidad, era esta, sin dudarlo. Lejos de la soledad, fiel compañera de viaje.
Siempre me he sentido solo, aun en las orbes más pobladas, o en el abrazo más puro. Es un mal sin remedio que siembra el miedo, la desazón sin fronteras. Me siento tan solo, tan solo de mi, de mi propia existencia, lleno de palabras vacuas. Ardiente en un clamor univocal. Me siento tan triste, tan solo, que apenas logro ver más allá, donde sé que estás y me esperas.

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