martes, 26 de febrero de 2013

LA PARTIDA



Al salir de la casa,su mirada se perdió profunda, sin rumbo fijo.
Oía, a lo lejos, pasos, voces, risas, a lo lejos. Siempre.

Antes de salir de la habitación, dejó sobre su mesilla algunos objetos inconexos: un billete de metro, una cerilla inservible y un amanecer que jamás usaría. Lo que no dejó, lo llevaba en el bolsillo izquierdo de su abrigo.

El tacto del metal era estéril, sin emoción posible, más que la certeza de su eficacia.
Acariciaba, de tanto en tanto, el dibujo trapezoidal en la madera. No pensaba nada, absolutamente nada. La nada.

Cuando llegó al puente por el que había transitado tantas veces, volvió a mirar el trazado de la trama, las madejas de lana multicolor, las ovejas que pastan en el sur, los edificios derruidos, el sinsabor de la entraña oculta, la desilusión y, otra vez, la nada.

Entonces, ceremoniosamente, casi con amor y sosiego, sacó el revólver del bolsillo. Apoyó suave, preciso, el cañón frío en la sien izquierda.
Fue entonces cuando pudo pensar por fin algunas cosas que se llevaría con él para siempre. Sintió la levedad de sus talones, la eternidad que separa el universo del ser y del no estar ya más.
Entonces, apretó el gatillo.

2 comentarios:

  1. ... dejó un amanecer que jamás usaría...
    Maravillosa frase

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  2. Gracias, Mar. Ahora te respondo en el tuyo, con un amanecer que sí podremos usar.

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