jueves, 6 de diciembre de 2012

El ensueño tuyo.



Amanece, ha salido el sol, o llueve, pero siempre despliegas tus brazos, tus piernas, cuando ha pasado la noche y el laberinto del sueño ya no te contiene. Despiertas lentamente, abres los ojos y miras el cielo raso, las paredes amarillas, los muebles y los cuadros que cuelgan de la penumbra cálida. Hay una foto en blanco y negro, un reloj rojo atravesado por los dibujos que proyecta la luz de la ventana. Cada día, cada amanecer, has estado viendo estas cosas, componiendo lo que luego será tu día, diferente, sin espejos, sin retratos ni cancelas; al andar por las calles de tu ciudad verdeazulada, al correr tras la brisa marina o al posar tu mirada salvaje sobre las hojas verdes, siempre vedes.
Después, muchas rías más abajo, están tus manos, que sin saberlo, contienen muchos sueños y piensan, piensan las caricias que alguien dejó sobre la mesa. Más tarde te levantas, andas la casa en el ensueño y mientras bebes café, miras por una ventana desde la que se presiente el mar y se ven árboles, tejados, mujeres y hombres que andan también su día, coches a lo lejos, barcos a lo lejos, ojos a lo lejos, manospies a lo lejos, y las voces, todas las voces, a lo lejos. Entonces cierras los ojos y te ríes.

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