viernes, 11 de agosto de 2017

PLATERO Y LA MUERTE NECESARIA

AHORA comprendo.
Estar ciego, envuelto en la bruma de los riscos. 
Cansarse de los infinitas gemas de la soledad,
del silencio que nos aturde hasta la linea misma de vértigo.

Yo no te elegí, no te pude ver 
¿Quién podría?
Por eso los hombres rezan y se arrodillan, o miran al cielo
buscando una razón, la gran explicación inexistente.

Elegir, golpear el cráneo contra la inmensidad y definirse condenado al destino que nace con nosotros. 
Todo puede cambiar en un instante: el lugar, la abstracta marea de un beso; incluso el horizonte. Pero, irremediablemente, hay una última estación, en ese viaje que transcurre por los ríos inmersos en la sangre. De ahí en más, nadie sabe ni conoce, ni puede imaginar más que latidos, pulsión de otra vida que necesariamente debemos creer posible.

Alguien partió a destiempo. Alguien nos acompañó en el innecesario viaje de ser idiomas paralelos y fluidos, cuyo único destino fue las simas de las alcantarillas.
A pesar de todo, 
fui feliz y desagradecido. 
Me repliqué en dos pares de manos y pies, muy suaves. Como Platero: 
Todo entero hecho de algodón o de espuma, esa que nos alivia la mente y los dedos de los pies, 
cada vez que nos acercamos al origen.



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